delalanza

23 Masculino Mexico D.F.

miércoles, febrero 28, 2007

DIEZ...

Diez

-¡Diez…!
El sonido comienza a acelerarse como cuando la lluvia cae sin avisar. Son las cuerdas que rápidamente oscilan los cuerpos, como si se vieran dentro de una película de 9 milímetros, los bufidos de los cuerpos agitados, alternan con la intensidad de la lluvia.
Como siempre, el último instante, el que determina, el que trasciende, el que por ser el último es el mejor, como en las despedidas, como en los orgasmos, como en el final de una película, como en la vida cíclica
-¡Alto!, vámonos… ¡a caminar…!
El hedor humano es ya para mí imperceptible, mas no por eso deja de existir ni de ser tan intenso. Cada uno toma su posición, sin miradas ni gestos entre ellos. Absortos en pensamientos, solos con nuestra sombra.
Ganchos, rectos, uppers, cada uno camina en su línea imaginaria, desgarrando el aire con fuerza; algunos con más cadencia, con desgano otros.
Con la mirada en el horizonte, perdida, fija, violenta, reflexiva, pero siempre con un rival enfrente. Hacia delante, hacia atrás, de lado o en círculos, el rival siempre está ahí. No sé si es el rival del día, del mes o de su vida, yo siempre lo vi. No es una sombra. Las sombras no tienen personalidad como los problemas, no se combaten, sólo te siguen y copian.
Los movimientos toman ritmo y armonía con la respiración y el pulso. Justo en ese instante en el que se aleja al cuerpo de la mente, lo suficiente para concentrarse en nada, mientras el subconsciente se aperra, se clava, se le va la onda, se apendeja, te deja estar un rato.
Yo no pienso, bueno, eso creo, me gusta por que pienso que no pienso, por que la rutina aletarga al volverse cadencia, que puede ser continua o momentánea.
Un anciano ya desvencijado en su apariencia y con fragancia alcohólica, pasa por donde estamos y grita: ¡Diez…!
Conocemos la voz, es el viejo José. Le gusta pasar siempre a la misma hora. Grita lo mismo, nadie ríe, en realidad nunca lo hemos hecho, no porque no nos cause gracia, sino por que no hay necesidad de romper la cadencia de la rutina.
Toma tiempos con varios cronómetros, camina, va, viene, corrige, afirma, grita Miguel.
¡Alto! ¡Vendas, niños! Siempre combinando el grito con el instinto protector de un padre.
-¿Ese mi negro? ¿Que trancita?
-Pus acá, mira…
A un lado del ring, cada quien con su maleta saca sus vendas, empieza a subir la adrenalina mientras Miguel prepara los sparrings…
-¿Te vas a subir?
-Simón, pus si no pa que vengo ¿no?
-Jajaja, pinché negro.
El Negro no es un carnal amistoso, más bien reservado, ensimismado, callado, y por si fuera poco, en el ring mete unos chingadazos de miedo. Yo ya medio le caigo bien, entonces no me pega tan cabrón ¿no?, ¡pero tiene fama de hijo de la chingada!, si no fuera tan bueno nadie le hablaría… más bien todos lo respetan por que tiene huevos, no solo contra nosotros sino contra un pinche rival más cabrón que todos los que estamos aquí: el hambre, la pobreza, la pinche ambición que se vuelve más fuerte cuando la mezclas con frustración.
El Miguel le ha ofrecido hacerlo campeón de guantes de oro este año, desde que entró no le tuvo miedo a los chingadazos, pus total, como dice: si me peleo en la calle a puño limpio y por cualquier pendejada, pus que más da aquí con guantes y todo…
En las mañanas trabaja de albañil en una construcción cerca de aquí, le pagan más o menos 50 pesos diarios, o sea, una madre por 8 horas de chinga diaria, que no le alcanza pa ni madres. Tuvo una chavita con una vieja y se tiene que mochar con una feria cada mes y, por si fuera poco, pus tiene que comer, ¿no? Como si con eso no tuviera, le quedan ganas de ir a boxear, o tal vez no, pero la pinche ambición de poseer algo en la vida (respeto, dinero, admiración, de esas mamadas que nada más le hacen a uno la vida más cabrona), aunque se lo tenga que ganar a chingadazos literalmente, es más perra que su cansancio.
En su caso, el boxeo lo llena. Según él, no cumple con la regla de dar para recibir, sino, más bien, dar para seguir dando, hasta que lo chingues o en una de esas te chinguen también ¿no? Siempre noquea o por lo menos le paran la pelea al otro, como intervención divina del réferi antes de que lo lastime. Dentro de su vida es lo único que puede torcer, por eso le quedan ganas de ir a entrenar, yo creo, por que de lo otro ya le ha tocado bastante.
-Sale mis niños, los sparrings van asi:

Eduardo VS Rodrigo. Eduardo VS El Pez. Pez VS Chava. Pez VS Roberto. Negro VS Simón. Negro VS Emiliano. Negro VS Jorge.

Yo no quiero boxear hoy, estoy cansado y me duele la cabeza, además siempre me suben contra el Negro y la neta mejor no. Mi relación con el boxeo es distinta a la del Negro, yo no estoy tan frustrado como ese carbón, o chance y sí pero más bien lo mío es como una paga por los vicios del fin de semana, que por cierto son bastantes, pero también de cierta forma me gustan los chingadazos, por que en la medida de mi frustración, me hace sentir que dios no es el único que le puede poner en la madre a uno, si no que uno también le puede poner en la madre a otros cristianos.
-¿Que paso mi niño te subo? Me dice Miguel...
-Nel Miguel, hoy no
-Ooooooo, pssss ¿ya ves?, ¿Qué? ¿Te da frió qué el Negro te acomode tus putazos, verdá?
-Psssst, nel, pero hoy no, estoy cansado y mejor la neta no.
Claro que me dan frió los putazos del Negro, pero en este deporte uno no puede andar diciendo que le da frío. Al menos esas son las palabras que siempre dice Miguel, acompañadas de frases como: “¿No, pus tu crees que esto es de barbacoa?”, ¡si para subirse ahí, se necesitan un chingo de huevos!, aunque sea en sparring, siempre está el pinche nervio de que te vayan a dar un buen golpe, sí: un buen golpe. También según Miguel: ¡Pssst! ¡Si la gente porque es pendeja y no sabe!, siempre dicen, dicen: ¡Ay, es que le dieron un mal golpe y lo mataron!, pura de árabe, ¿cual mal golpe? Más bien le dieron ¡un buen golpe!, ¡un buen golpe y se lo chingaron! Tsssss… Mal golpe… Tsssss… ¿Apoco no?, a lo que yo siempre respondo con mucha admiración: ¡Sí, a huevo!
Yo platico chido con el Miguel, cuando quiere es bien cabrón como todo buen entrenador, pero eso más bien es con sus peleadores mas acá, y como yo no soy de esos pus la llevamos suave, siempre echamos la cábula y el albur.
A Miguel siempre acuden todos a preguntarle algo, puede ser personal, del boxeo, o por alguna lesión, a lo que él siempre tiene respuestas certeras y sabias, siempre respondiendo con cierto tono de soberbia y autoridad, como ahora que Roberto se tuerce la muñeca.
-¿Oye Miguel? Como que me torcí la muñeca en un gancho y pusss ¡me duele bien machetes!
-¡Ayyyyyy cabrón! ¡Si serás tan güey! Siempre les estoy diciendo –de pronto hace una pausa y voltea a ver al Pez: ¿a ver Pez, qué les digo?
-Psss, Psss, que peguemos bien ¿no? -responde el Pez-
-¡Mmmmmmta madree!, ¡otro pinché tan guey!
-¿Qué les digo?... ¿qué les digo?... ¿a ver? Ya ven cómo no me ponen atención…están en la pendeja, siempre comiendo camote, luego ¿por qué se lastiman?
Después de un largo silencio acompañado por cabezas gachas por fin se responde a sí mismo...
-¡Peguen con los nudillos!, ¡peguen con los nudillos!, ¡aaaaaah!, pero no ¿verdá?, siempre pegan dando el huarachazo, ¿ya ven luego lo que pasa?... a ver güey ven para acá…
-¡Tan güey! ¿Dónde te duele?
-Pus aquí mero
-¡Aaaaaaaah! en el metatarso… exclama con mucho orgullo Miguel ¡aaaaah siiiiiii!, eso siempre pasa…. ¿A ver?
Yo no soy médico ni nada de eso, pero sé que eso no es el metatarso.

Los sparrings pasan uno a uno, comparten el equipo: caretas, guantes, conchas, todo... el sudor y a veces hasta el mole (la sangre) del sparring anterior, pero eso no es problema para ninguno.
Como no voy a boxear, estoy con los demás haciendo costales y peras, pero también veo mientras tanto.
De pronto toca el turno del Negro. Primero sube Simón, del peso y la estatura del Negro, pero con menos agilidad y punch. En el segundo asalto, el Negro le acomoda un gancho que le zafa la mandíbula y Miguel para la pelea.
Después entra Emiliano, más alto pero del mismo peso. El Negro la tiene fácil, con un par de fintas entra a su guardia y le toca la marimba bien y bonito, hasta que Emiliano desierta en el tercer round quejándose del hígado y las costillas.
Por último sube Jorge, el más pesado por quince kilos y más alto por diez centímetros, es distinto al Negro, sobre todo en la forma de vida. Trabaja como abogado y le va más o menos. Se parecen en el carácter seco y reservado con los demás.
Miguel les advierte a ambos que tengan cuidado; a uno por pesado y al otro por colmillo.
El Negro ya está un poco cansado de los otros 4 rounds, pero todavía le quedan buenos golpes por tirar. Yo ya he boxeado con Jorge, es malo todavía porque es nuevo, pero se calienta rápido y hay que esquivarle sus campanazos de borracho con todos y sus 95 kg. El negro es pura técnica, pero si le acomodas uno bueno, se arde y te espera para regresártelo.

Empieza el primer round y Jorge sale como nuevo buscando al Negro por todo el ring, este camina bien y cabecea con maestría los burdos golpes de aquél, de cuando en cuando lo marimbea y nosotros escuchamos el gemido de Jorge (¡uuugh¡) en cada gancho a las costillas y el hígado. Jorge ya está calientito y se arde cada vez que nosotros exclamamos en cada golpe: Huu! Haaa!. de pronto Negro no alcanza a cabecear bien un campanazo de Jorge y este lo conecta en la mandibula ¡Pum! retumba el golpe en el eco del gimnasio, el bramido de nosotros fue más fuerte que los anteriores :!Huuuuuuuu! agggghhhh Negro sale proyectado hasta el otro lado del ring y rebota contra las cuerdas y justo cuando Jorge va a conectar un cruzado de derecha, éste cabecea y el golpe se estrella absurdamente contra las cuerdas, el Negro sale y da vueltas mientras se recupera del madrazo. Jorge trata de conectarlo pero falla siempre, hasta que de pronto se escucha:
-¡Diez arriba!
Los dos se buscan la mirada rápidamente y se encaminan a definir el primer round, Jorge tirando rectos y ganchos, mientras el Negro cabecea rápidamente hundiendo los puños por todo el torso de este.
-¡Alto Arriba!
Pero ambos peleadores siguen tirando golpes ya muy de cerca el uno con el otro.
-¡Alto Arriba, Dije! – A ver, hijos, aquí no están en la calle, cuando yo diga alto es alto ¿ok? Miguel se dirige a ellos muy enérgicamente, aunque eso era normal cuando en los sparrings alguien se llega a calentar.
Los dos están en sus esquinas, descansando los brazos en las cuerdas del ring, mirándose fijamente a los ojos como perros.
De pronto Miguel se acerca de nuevo
-¡Vámonos!, choquen guantes… ¡Booox!
Salen de su letargo en las esquinas, se miden ya menos de cerca, han probado los golpes uno del otro, sobre todo Jorge, a quien le cuesta mucho trabajo caminar por el ring, no sólo por su peso sino que ya empiezan a hacer efectos en toda su humanidad, los ganchos y uppers del Negro. Este último recobró el aliento en el minuto de descanso y ya se le ve otra vez con la boca cerrada, los ojos fijos y bufando por la nariz. Decide cambiar la estrategia, ya se dio cuenta que Jorge no le saca a sus madrazos. Comienza a hacer semicírculos alrededor de él hasta llegar a la distancia de su jab, entonces cuando Jorge cree tenerlo suficientemente cerca para acertar el doble jab y cruzado que unas semanas antes Miguel le enseñó, este cabecea rápidamente, simplemente gira sobre su propio eje, deja atrás los torpes pero fuertes golpes de Jorge, quien sorprendido de que el Negro ya no está en el mismo lugar, recibe ya sin guardia los golpes como piquetes de mosco. ¡Zas,zas,zas, zas! Rápidamente el Negro vuelve a alejarse y repite la secuencia, sólo de cuando en cuando Jorge atina un recto o un gancho a la cabeza, que se estrella directamente en la guardia perfectamente colocada del Negro, quien ya comienza a sentir los brazos adormecidos por la diferencia en fuerza y peso. Así de pronto se vuelve a escuchar: ¡Dieeeeez! Es Miguel, que recargado en la orilla del ring ya sin hacer el cambaceo de miradas con nosotros, acaba de ver su cronómetro y vuelve la mirada atenta a la pelea. La atención de Miguel en esta pelea es excepcionalmente angustiada, hasta se ha olvidado de los que estamos abajo en los costales, también nosotros nos hemos olvidado de los costales y formamos un círculo alrededor del ring. Esperamos que alguno pida esquina o se la den.
En los últimos diez segundos, el Negro, arrincona a Jorge en su esquina, gracias a un ágil movimiento de roolling y comienza ya muy de cerca a conectar ráfagas de ganchos en los riñones e hígado de Jorge, quien, al mismo tiempo, cuando baja la guardia para cubrirse, es demasiado tarde y el Negro ve la oportunidad de conectarle ganchos a la cabeza.
¡Altooooo! Grita enérgicamente Miguel.
Esta vez ya no se siguen pegando, ambos jadean con la boca abierta dejando caer grandes cantidades de saliva por el bucal. Otra vez vuelve a ganar el Negro.
Inmediatamente todos nos volteamos a ver como siempre que termina un round, pero a diferencia de veces anteriores nadie comenta nada acerca de la pelea, más bien todos volteamos a ver a Miguel como esperando su reacción. Este se queda mirando a los peleadores y le pregunta a Jorge, que está más cerca: ¿Como te sientes, hijo? Con tono de preocupado. A lo que responde a través del bucal soberbio y encabronado: bien, bien... ¡sin pedos Miguel!, ¡sin pedos! Yo no entendí la respuesta pero Miguel si por que ya estaba acostumbrado al lenguaje del bucal. Camina sin mirarnos hasta donde el Negro y pregunta lo mismo. Solamente asiente con la cabeza sin dejar de jadear. Nosotros seguimos a Miguel con la mirada y de repente también volteamos a ver a Jorge y al Negro. Miguel vuelve a su lugar habitual abajo del ring, esta vez ya ha pasado el minuto reglamentario de descanso, vuelve a mirar su cronómetro y desesperado alcanza a chistar un leve ¡psssst! ¡aaaaaah! negando con la cabeza un poco y sin saber bien que hacer... Nosotros ya sin entrenar mirándolo desde lejos. De pronto se escucha un mascullo: ¿bueno ya estuvo, no? Es el Negro que se para de la segunda cuerda chocando sus guantes y moviendo el cuerpo hacia el centro del ring. Inmediatamente Jorge le copia y Miguel, ya sin dudar, grita: ¡Boooooooox!.
Casi al mismo tiempo se escucha el sonido seco de los primeros golpes, ambos se dan algo que en el boxeo se le llama: un golpe de encuentro, Negro es el primero en separarse cerrando los ojos y con la guardia arriba. Camina hacia atrás perseguido por los rectos de Jorge hasta sentir con la pantorrilla la primera cuerda e, inmediatamente, recargando su cuerpo en la segunda y tercera, se da un impulso que lo lleva girando hacia el centro del ring. Jorge se estrella contra las cuerdas e instintivamente voltea lanzando la derecha por encima de la cabeza en forma de campana, impacta llanamente al Negro, ya sin guardia, en la zona parietal. De pronto todo permanece estático, como si se hubiera detenido por fracciones de segundo el tiempo, se ha roto otra vez la rutina del round, pero esta vez no por el aviso de diez segundos de Miguel, sino por el cuerpo del Negro que permanece de pie un par de segundos balanceándose entre las fuerzas del impacto recibido y las suyas que momentos antes iban en dirección contraria, hasta que, como tabla, cae hacia delante, casi sobre el cuerpo de Jorge, quien alcanza a hacerse a un lado, mientras sigue su inconsciente instinto de protección, sin saber que el Negro va ya con la inercia hacia la lona hasta quedar en una posición totalmente absurda, con la cara clavada en el ring, el cuerpo haciendo parábola y las nalgas viendo hacia el cielo. Corriendo sube Miguel hasta donde el Negro, mientras le quita la careta lo voltea y le toma la cabeza suavemente, tratando de reanimarlo, repentinamente se ve su rostro, está bañado en sudor y su expresión es la de una persona drogada, con la boca seca, semiabierta y los ojos a media asta.
Miguel realiza dos llamadas por su celular dando aviso a la ambulancia y a los familiares, quienes acuden para trasladar el todavía sudado y caliente cuerpo del Negro.


Un tiempo después, no sé cuánto, regreso al gimnasio excusándome por el trabajo. Miguel, sin decir nada, me saluda como siempre, lamenta el accidente, replica mi excusa y se anticipa a mi pregunta con un: todo bien hijo, todo bien... como para cerrar el tema. Yo asiento con la cabeza y vuelvo a un pequeño espacio del ring, me recargo y luego veo que solo están dos personas entrenando, de no más de un par de meses. Miguel, mientras tanto, toma tiempos, camina, rectifica, corrige, grita: ¡Diez! Los alumnos aceleran sus tiesos y tontos movimientos, esperan con la mirada fija en el horizonte la corrección de Miguel, quien voltea conmigo, ríe y dice: ¿cómo los ves?, ¿cómo los ves? Jajajajaja. A lo que yo respondo con otras risas, y encogiendo los hombros.


Ivan De la LANZA

Febrero 07

4 Comentarios:

Blogger Teresa dijo...

Me gustó el relato. Tu prosa es buena y amena, pues capta la atención del lector de principio a fin. Está salpicada de espontaneidad por el conocimiento del tema.

Su desarrollo es entretenido y el personaje del viejo con aroma alcoholizado le da el toque chusco al melodrama y su posterior desenlace. El final es muy bueno, pues pase lo que pase la vida sigue...

8:57 a.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

¿tú boxeas como "lanza" o tienes un nick acá bien esotérico?

12:03 p.m.  
Blogger Celeste Laviani dijo...

'Los movimientos toman ritmo y armonía con la respiración y el pulso'...
Soy percusionista. Estas líneas me emocionaron mucho nomás. Corazón, respiración y golpe.
Me gusta tu escritura.
Celeste

6:30 a.m.  
Blogger Celeste Laviani dijo...

Por cierto, Iván, felicidades por lo de "Cuentos de Largo Metraje". No es pa' menos. Te lo mereces. Un beso.
Celeste

10:26 a.m.  

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